Yaciendo en el suelo me encuentro, cerrando los ojos a la cruda realidad. No quiero ver cómo pasa el tren de mi vida, aquel tren destartalado que no vuelve atrás, que no espera por nadie. Cierra sus puertas cuando el tiempo se ha acabado. Te subiste en una de las estaciones, y permaneciste conmigo sentado en un mullido sillón del vagón 32. Hablamos sin parar, charlamos sobre temas mundanos y sin importancia. Pero llegó el momento de apearse del tren, y bajar. Abandonaste lo que creaste, lo tiraste a la basura junto a los bonitos recuerdos que pusiste en mi mente.
Subía la ventana para gozar de la brisa del viaje, y sin querer gritaba tu nombre, perdiéndose entre los húmedos recovecos del bosque de esperanzas que cruzé. Yo gritaba tu nombre, añoraba tus palabras y la intensidad con la que tu mirada penetraba en mí.
Yo nunca escuché tus gritos. Nunca escuché lamentaciones. Solo encontré indiferencia. No quedan ni cenizas de lo que fue ni lo que pudo haber sido. Se las ha llevado el viento, y el tiempo las dispersó para no encontrarse nunca más.
He intentado saltar del tren y volver a buscarte, pero siempre he acabado arrepintiéndome, y he caído al suelo lamentándome de no ser capaz de luchar. ¿ Luchar por qué ? Por aquello por lo que en una noche estúpida soñé. Soñé ser feliz. Ya ves tú, qué estupidez, ¿ verdad ?
Soñar, creer, sentir.

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