
Disfruta de aquello que no sabes que ocurrirá. Vive cada segundo como si fuera el último de tu vida. No hagas planes. Improvisa. Los momentos más felices e inolvidables son aquellos que surgen por sorpresa y por los cuales te dejas guiar, como un vals al compás.
El destino está aburrido de tener que escribir cómo, dónde, qué y por qué ocurrirá cada una de tus vivencias. Dale un respiro y vive tu vida, haz lo contrario de lo que pienses, y disfruta con cada pequeño detalle.
Dedícale tiempo a la amistad, al amor, a ti, a tu familia, al ocio. Vive, brilla, baila, sufre, grita, corre, vuela, sonríe, toca, abraza, mira, siente, salta, llora, besa, observa, respira.
Da gracias por lo que tienes, y no te lastimes por aquello que te falta, porque al fin y al cabo, lo que te hace feliz ya lo tienes, solo que no te has fijado minuciosamente en ello. Así que fíjate bien en todo eso que te rodea, que te hace feliz, que te eleva alto, y que te hace sentir especial. Agárralo fuerte con las dos manos, átalo a tu corazón, hazle una doble lazada, y que sea tuyo para siempre.
No dejes que los grandes problemas ensombrezcan a los pequeños destellos de luz que tanto animan a tu alma a seguir adelante.
Da las gracias, quiere, ama, idolatra, sonríe hasta desfallecer, besa, besa mucho, y sobre todo, sé feliz.
Con un poco de amor y cuidado, los pequeños detalles se convierten en lo más importante de tu vida. Y yo espero que uno de esos pequeños detalles me brinde la oportunidad de convertirse en un eterno detalle.
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Sentimientos que se cruzan en
la autopista de la razón.

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